Lo propio de la divagación es su tendencia a colorear lo ya coloreado, de alguna forma creando y de otra simplemente dejando un borrón donde hubo palabra. Llegada a un punto donde no sé si es mejor el borrón o la palabra que lo antecede, opto por el descubrimiento de nuevos tonos de borrón, como cuando era niña y las plasticinas duraban poco en su individualidad, convertidas pronto en una masa que lo que menos podía resultar era atractiva a alguno de los sentidos que no fuera el tacto.
Por eso la divagación, ese encuentro de la palabra y el tacto, cuando ya no se puede hacer nada más que contemplar la unión indivisible de lo que alguna vez fue simplemente menos feo, nada más que intentar darle forma, o bien poner la masa en una repisa a que junte polvo y quizá un día se caiga.


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